160 aniversario del Manifiesto Comunista

Image Cuando Marx se hizo marxista

Un fantasma recorre Europa… es el fantasma del comunismo (1).
nteligente fórmula para comenzar el opúsculo tal vez más controvertido y revolucionario en la historia de la humanidad. A partir de allí nada sería igual, pues estaba en evolución, se estaba elaborando nada menos que la Teoría de la Historia, o –lo que es más correcto- la Teoría de la Filosofía de la Historia. Y el fantasma anidó, se introdujo, permaneció y –hasta con lenguaje idealista- podemos decir que reencarnó en cada corazón libertario y en cada uno de los agentes de transformaciones que luchan por la utopía de un mundo mejor. ¡Vaya quijotesca tarea la del fantasma!, que a pesar de caída de muros y sueños revolucionarios no para de multiplicarse, como diría la Bersuit “Es un muerto que no para de nacer”(2).

El Manifiesto Comunista es la partida de nacimiento del Socialismo Científico(3). Aquel joven profesional, hegeliano de izquierda, luego de haber atravesado por una dura formación intelectual, llamado Marx y que no trascendía sus orígenes burgueses de clase, estuvo maduro ya y al calor de las revoluciones sociales que conmovían a Europa en 1848, en pocas páginas elabora el escrito de esencia transformadora más perfecto en la historia intelectual de la humanidad. Es decir el joven Marx, se hace marxista. Digamos que la obra fundacional fue consensuada en discusión, polémica y colaboración con su amigo Engels, cuyos estudios le permitían tener un manejo eficaz de la dialéctica de la Naturaleza.

Como resumió magistralmente Lenin: “En esta obra está trazada, con claridad y brillantez geniales, la nueva concepción del mundo: el materialismo consecuente, aplicado también al campo de la vida social; la dialéctica, como la doctrina más completa y profunda del desarrollo; la teoría de la lucha de clases y del papel revolucionario histórico-mundial del proletariado, creador de la sociedad nueva, de la sociedad comunista” (4)

Esta concepción, que con el tiempo configuraría un desarrollo teórico insuperable en la interpretación de los fenómenos sociales, se puso a la vanguardia de aquellas ideas y movimientos que simplemente reaccionaron –hasta, a veces, irracionalmente- contra un orden social injusto basado esencialmente en la explotación del hombre por el hombre. Nos referimos al socialismo visceralmente espontáneo, antiguo, feudal, burgués, pequeño burgués, que pretendió lograr sus máximas expresiones con las denominadas distintas formas del socialismo utópico. En el Manifiesto Comunista el anhelo de justicia social se transforma racionalmente en un derecho de toda la humanidad. La moderna doctrina de los Derechos Humanos queda anticuada, antes de nacer, por la concepción humanista de la “obrita” que conmovió a la Humanidad entera. Esa comprensión, ese derecho internalizado en forma racional de la injusticia a que había sido sometida la sociedad hasta ese momento no puede concluir en otra cosa que en la elaboración de la herramienta para poner coherencia al proceso histórico: la creación del arma política revolucionaria para la instauración definitiva de una sociedad nueva en la que ya no existiera la dominación y la explotación a la que eran sometidas las clases más desprotegidas y disciplinadas bajo un orden injusto y repugnante a la condición humana.

En 1848 se queman etapas rápidamente: se pasa de la utopía a la interpretación científica y de la teoría a la práctica política (praxis revolucionaria le llamarían más adelante) que conllevaba intrínsecamente a la acción política transformadora de todo el cuerpo social.

De ahí la importancia de la concientización de las masas populares en aquello de que al mundo no hay solamente que interpretarlo –como habían querido todas las “filosofías” hasta aquel momento-, sino que hay que transformarlo. Y esa es la gran tarea en la sociedad capitalista de la clase social antagónica a la preponderante burguesía: el proletariado, la clase obrera. De ahí que el motor, la dinámica en toda la Historia haya estado dada, siempre, por la lucha de clases. Y este tal vez haya sido el descubrimiento más importante de Marx y Engels en aquel fundacional Manifiesto Comunista.
Luego complementarían las ideas tanto Lenin como Mao (5), al afirmar que “no hay práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria” o, lo que es lo mismo “sin teoría revolucionaria no hay movimiento organizado de las masas para concretar la revolución”. Y es esa la irrevocable vocación de unicidad entre teoría y práctica que propone el “Manifiesto”.

Y no es una casualidad, sino una causalidad que el gran libro de Filosofía de la Historia concluya en un contundente:”¡Proletarios de todos los países uníos!”. Ahí reside la única alquimia teorética para llegar a la sociedad feliz que las grandes mayorías anhelamos. En la solidaridad recíproca alberga la fuerza que haría viable el disfrute de un socialismo real. Porque es allí donde se alza precisamente la línea divisoria entre los profetas del reformismo y los electores de la revolución como único camino hacia la emancipación social. Es decir depende del rechazo o de la aceptación del Manifiesto Comunista el destino del proletariado internacional.

No obstante, el Manifiesto es uno de los primeros trabajos de Karl Marx, aunque con toda la experiencia que traía de sus primeras investigaciones históricas que lo llevan a proclamar indubitablemente una clara concepción materialista histórica y un uso exquisito de la dialéctica que luego aparecería en sus obras más importantes (6)

Resumiendo, podríamos decir que hay dos ideas rectoras en la redacción del Manifiesto por parte de Marx y Engels: la primera es que la liberación social de los trabajadores debe ser obra de ellos mismos, sin confiar en circunstanciales alianzas o frentes con la burguesía. Pero, si esa componenda se lleva adelante debe ser considerada tan solo como un método táctico, que nunca debe minimizar ni soslayar el verdadero objetivo del proletariado. Toda esta concepción tiene su sustento en el reconocimiento absoluto de que la sociedad está dividida en clases sociales antagónicas y que tal antagonismo, al estar inscripto dentro de la filosofía dialéctica, es necesariamente contradictorio. La clase obrera, como término dialéctico de la contradicción, es la clase explotada, de allí que necesariamente e independiente de su voluntad deba desarrollar sus actividades dentro de las reglas de juego que impone la clase dominante y el carácter clasista de la sociedad determina también el carácter de clase que en ella prevalecen.

Por lo tanto se concluye que la lucha no solo debe direccionarse en el terreno de las ideas sino que la cuestión debe ser tan abarcativa que logre la modificación de las condiciones económicas y sociales. Si fuera posible trastocar esa relación de base, la clase obrera podría pasar a dirigir a la sociedad y a elaborar la planificación que estuviera al servicio de la construcción de una sociedad mejor, en la que ya fuera imposible la explotación del hombre por el hombre.

Lo indudable es que el Manifiesto Comunista cierra una época y comienza otra, que aún no se ha cerrado a pesar de la caída de muros e hipotético aggiornamiento de los intelectuales de la catástrofe, apocalípticos en sus concepciones neoliberales y conservadores en la defensa de un mundo que niega la esperanza y el triunfo final del hombre nuevo que profetizara el Che Guevara.

Nunca comprenderán la afirmación de Eduardo Galeano al conceptualizar poéticamente en su legendaria “Las Venas Abiertas de América Latina” el camino irrefrenable e inexorable de la Historia al decir: “La Historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás, por lo que fue y contra lo que fue, anuncia lo que vendrá…” (7)

LQSomos. Daniel Alberto Chiarenza. Febrero de 2008


(1) Marx, Carlos; Engels, Federico: Manifiesto del Partido Comunista. Buenos Aires, Editorial Polémica, 1973.

(2) Bersuit Vergarabat (Grupo de música no convencional, emparentada con el Rock, Argentina) “Murguita del Sur”.

(3) Introducción de la Editorial Anteo al Manifiesto Comunista, Buenos Aires, 1970

(4) Lenin, V. I.: "Obras Completas" T. XXV, Buenos Aires, Editorial Cartago, 1958.

(5) Lenin, V. I.: El Estado y la Revolución. Obras Escogidas (Traducción española). Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1948.
Mao Tse-Tung: Acerca de la práctica. Sobre la contradicción. Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1974.
(6) Pla, Alberto J.: Historia del Movimiento Obrero 1. De los orígenes a las revoluciones de 1848. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1972.

(7) Galeano, Eduardo: Las Venas Abiertas de América Latina. Buenos Aires, Editorial Siglo XXI, 1974.


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