El amor es un derecho humano, reconoce el cineasta argentino Marcelo Piñeyro. Un espectador ha expresado que el amor es un elemento relevante en su producción cinematográfica. Y agrega Piñeyro: Por es, los regímenes totalitarios tratan de matar el amor, y con ello la solidaridad y otros valores esenciales.
Estas palabras se movilizan en el Seminario de Realización Cinematográfica, organizado en Caracas del 21 al 25 de Enero de 2008, por la Fundación Cinemateca Nacional, el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía, la Escuela Latinoamericana de Imagen y Sonido y el Centro de Experimentación para el Aprendizaje Permanente. Más de cincuenta personas acudimos a este evento, para ver y reflexionar con Marcelo Piñeyro en torno a sus películas: Kamchatka, Caballos Salvajes, El Método, Cenizas de Paraíso y Tango Feroz, la leyenda de Tanguito.
Piñeyro, en plena reflexión compartida, señala que sus filmes intentan dar una voz de alerta cuando las leyes del estado son más fuertes que los derechos de los ciudadanos. Esto es lo que ocurre cuando se implantan las dictaduras, en cuyos proyectos las personas como tales no son esenciales.
Ante la pregunta sobre una presunta timidez para tratar lo político en sus películas, Marcelo Piñeyro confiesa que no se siente un cineasta político. Ello, en el sentido del cine de los años sesenta, que pretendía trazar líneas de acción a los espectadores. En cambio, señala Piñeyro, mi eje es contar historias, narrar lo que hacen unos personajes.
Cuando algunos intentan indagar en las motivaciones de Piñeyro para realizar sus producciones, él deja claro que Argentina, como epicentro de sus filmes, tiene relatos inconclusos. Historias que intentan ocultarse, o dejarse de lado, aún cuando están presentes en la vida diaria del país, tal como la dictadura. Esas historias aún generan miedos, y los miedos cotidianos son peligrosos. Por eso hay que contarlos, de todas las formas posibles. Por ejemplo, la sociedad argentina no ha saldado su relato de la dictadura.
Acerca de cómo Piñeyro aborda sus realizaciones cinematográficas, él se detiene en la explicación. El eje central, para él, es la estructura del relato. La investigación es fundamental. Hay investigaciones que pueden encargarse; otras, por su importancia, tiene que hacerlas uno mismo. La estructura del relato se manifiesta en el guión. Éste va surgiendo de un trabajo minucioso, usualmente compartido, donde se escribe, se discute y se reescribe varias veces. Es importante clarificar quién mira en la película, pues quien mira es de quien se habla en el film. El diálogo es acción, por ello el guión tiene que quedar lo más limpio posible.
Por otra parte, Piñeyro asume una cuidadosa selección de los actores. Comenta que la escogencia de uno o de otro actor puede cambiar completamente el tono de la película. El trabajo con actores pasa por ver juntos libros, escuchar música, discutir permanentemente la historia, los personajes, improvisar mucho, una y otra vez. Más, cuando los actores asumen el trabajo, el guión se vuelve tridimensional. Todo lo demás (música, tomas, etc.) son formas de cumplir con ese objetivo. En algunos casos, se inspira en tomas del cine clásico, para alimentar sus propuestas. En una manifestación de modestia, dice que le encantaría que el mejor de sus filmes pudiese compararse de alguna manera con el peor de los de Luchino Visconti.
En torno a la resonancia que han tenido sus películas en América Latina y Europa, Marcelo Piñeyro confiesa que en un inicio se planteó hacer historias locales, para el público argentino. Él mismo se sorprendió cuando esos filmes empezaron a difundirse por todas partes, al punto de que en los cines de otros países el número de espectadores supera al de los cines argentinos. Sus historias, entonces, se han vuelto universales, y en cada sitio se tiñen de las realidades locales.